A finales del siglo XV, Italia se encontraba dividida en numerosos reinos, ducados y repúblicas, convirtiéndose en el escenario principal de las ambiciones territoriales de las grandes potencias europeas. Francia y España, lideradas por Luis XII y los Reyes Católicos respectivamente, competían ferozmente por el control del Reino de Nápoles, un territorio clave tanto por su posición estratégica como por su riqueza agrícola y comercial.

El conflicto había estallado años antes, dando lugar a las guerras de Italia. Estas contiendas enfrentaron a las dos coronas más poderosas de Europa, e involucraron a un intrincado juego de alianzas con potencias locales como Venecia, Florencia y los Estados Pontificios. La lucha por Nápoles era mucho más que una disputa territorial: simbolizaba la lucha por el control del Mediterráneo occidental y la influencia en la península italiana.

En abril de 1503, Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán, logró una victoria aplastante en la batalla de Ceriñola. Este enfrentamiento puso de manifiesto la superioridad estratégica española, además de marcar un antes y un después en el uso de las armas de fuego y las tácticas modernas. Sin embargo, la victoria en Ceriñola no significó el fin del conflicto. Luis XII, decidido a no ceder, envió un nuevo ejército al sur de Italia bajo el mando del marqués de Saluzzo, con el objetivo de revertir la situación y recuperar Nápoles para la corona francesa.

Mientras tanto, el Gran Capitán se preparaba para un enfrentamiento decisivo. Conocedor de las dificultades logísticas de operar en invierno y las penurias que su ejército enfrentaba, decidió apostar por una estrategia defensiva. Se replegó al río Garellano, donde estableció un sistema de posiciones fortificadas que obligaron a los franceses a frenar su avance. Durante semanas, ambos ejércitos quedaron inmovilizados en una guerra de desgaste. Mientras los franceses sufrían las inclemencias del clima y las enfermedades, los españoles enfrentaban además la escasez de suministros, lo que ponía a prueba la resistencia de sus tropas.

El río Garellano, con su cauce ancho y traicionero, se convirtió en el principal obstáculo para ambos bandos. Su control significaba tener acceso al Reino de Nápoles, y cruzarlo era una apuesta arriesgada. Durante semanas, la situación parecía estancada, pero Gonzalo Fernández de Córdoba, con su legendaria astucia, estaba gestando un plan que le permitiría superar al enemigo, y por ende, consolidar la hegemonía española en Italia.

Así comenzaba a gestarse la batalla del Garellano, un enfrentamiento que definiría el destino de Nápoles y se convertiría en una lección magistral de táctica militar militar.

Desarrollo de la batalla

A pesar de las duras condiciones climáticas y las penurias logísticas, Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, decidió que era el momento de actuar. La llegada de refuerzos desde Nápoles, incluyendo las tropas de Bartolomeo d’Alviano, le permitió compensar en parte la inferioridad numérica frente a los franceses. Pero, más allá de los números, el Gran Capitán contaba con su genio estratégico. Su plan no solo buscaba sorprender al enemigo, sino también aprovechar al máximo las características del terreno y la moral baja de las tropas francesas.

Conocedor de la disciplina relajada de sus oponentes tras semanas de estancamiento y una tregua navideña, Córdoba trazó una maniobra maestra. Simuló un repliegue hacia el Volturno, desplazando tropas estratégicamente para hacer creer al marqués de Saluzzo que los españoles estaban abandonando la región. Esto llevó a los franceses a disminuir su vigilancia y redistribuir sus fuerzas, dejando puntos clave más expuestos de lo habitual.

La noche del 27 de diciembre, el ejército español se movilizó en absoluto secreto. En la oscuridad, ingenieros al mando de Juan de Lezcano comenzaron a ensamblar los pontones necesarios para cruzar el río Garellano. El lugar elegido estaba cerca de Suio, una sección del río con un cauce estrecho y firme, fuera del alcance de la vigilancia francesa. Mientras tanto, Córdoba dividió sus fuerzas en tres cuerpos principales: Bartolomeo d’Alviano lideraría la vanguardia con 3.000 hombres, seguido por el cuerpo central comandado por el propio Gran Capitán, compuesto por rodeleros, arcabuceros, caballería ligera y los experimentados lansquenetes alemanes. Por último, Fernando de Andrade y Diego de Mendoza permanecerían en la retaguardia para mantener la ilusión de que los españoles seguían en sus posiciones originales.

Antes del amanecer del 28 de diciembre, los hombres de Alviano cruzaron el río con rapidez y en completo silencio. Apenas encontraron resistencia. Las desprevenidas guarniciones francesas en Suio y Castelforte fueron tomadas por sorpresa, incapaces de detener la arrolladora ofensiva española. Vallefredda, defendida por Ivo d’Allegre, también cayó con escasa resistencia, y las tropas francesas comenzaron a desmoronarse. Durante todo el día, los españoles consolidaron sus posiciones mientras perseguían a los franceses que huían desorganizados, hostigándolos sin descanso incluso durante la noche.

Por su parte, Saluzzo, completamente desconcertado por la ofensiva, convocó un consejo de guerra de emergencia. La situación era crítica. Los franceses, que ya contemplaban la retirada hacia Gaeta, se vieron obligados a emprenderla apresuradamente y en las peores condiciones posibles: bajo una intensa tormenta, por caminos embarrados y con el ejército español acosándolos constantemente. En su desesperación, intentaron transportar piezas de artillería río abajo en barcazas, pero el fuerte oleaje las hundió, y algunas incluso cayeron en manos españolas.

El momento más crítico de la batalla llegó cuando los franceses, en su retirada hacia Gaeta, se toparon con un paso estrecho cerca de Mola, un lugar que se convirtió en un cuello de botella natural. Aquí, el legendario caballero Pierre Terraill, conocido como el Bayardo, lideró un desesperado contraataque con lo que quedaba de la caballería pesada francesa.

Con un ímpetu valeroso, pero no tan sorprendente para alguien que se encontraba acorralado, lanzó una carga que inicialmente hizo retroceder a la vanguardia española liderada por Próspero Colonna, causando cierta confusión en las filas de los lansquenetes alemanes que marchaban detrás. Pero al ver esto, el Gran Capitán, demostrando su liderazgo una vez más, intervino personalmente, organizando a sus hombres en un sólido cuadro de piqueros que logró aguantar las embestidas francesas.

De este modo, el heroísmo de Bayardo no fue suficiente para revertir la balanza de la batalla, y las tropas francesas, agotadas y desmoralizadas, no pudieron mantener la resistencia española. Para colmo de males para los franceses, la llegada de los refuerzos de Fernando de Andrade y Diego de Mendoza terminó por inclinar definitivamente la balanza a favor de los españoles. Al mismo tiempo, Bartolomeo d’Alviano avanzaba desde el norte, cerrando el cerco sobre los franceses. Con esta situación, la orden de retirada de Saluzzo se convirtió en una caótica huida. Muchos soldados franceses fueron capturados o abatidos, y gran parte de su equipamiento cayó en manos españolas.

En medio de esta desesperada huida, la figura de Pierre Terraill, el caballero Bayardo, destacó nuevamente, ya que luchó incansablemente, cubriendo la retirada de sus compañeros con una valentía legendaria. Aunque su esfuerzo permitió que algunos lograran llegar a Gaeta, la mayoría del ejército francés fue abatido, capturado o dispersado. En este punto la batalla había llegado a su fin, destacando, al igual que en Ceriñola, por la brillante ejecución de las tácticas del Gran Capitán, aunque también por su implacable persecución.

Desenlace y conquista de Nápoles

A las puertas de Gaeta, los restos de las fuerzas francesas encontraron refugio tras las murallas de la fortaleza. Sin embargo, su situación era insostenible. Cercados por los españoles y sin posibilidad de recibir refuerzos, los franceses se vieron obligados a rendirse, y el 1 de enero de 1504, el marqués de Saluzzo y Gonzalo Fernández de Córdoba firmaron la capitulación. En el acuerdo, los españoles permitieron a los franceses evacuar a sus tropas restantes, aunque las condiciones del viaje serían casi tan mortales como la batalla. Muchos soldados perecieron a causa de las heridas, el hambre o las enfermedades durante el trayecto, y apenas un tercio del ejército original regresó a Francia.

La victoria en Garellano tuvo consecuencias trascendentales, ya que marcó el fin de la segunda guerra de Nápoles y aseguró el dominio español sobre el Reino de Nápoles, consolidando a España como la potencia europea del momento. En este aspecto, el tratado de Lyon, firmado el 31 de marzo de 1504, reconoció oficialmente la soberanía de los Reyes Católicos sobre Nápoles y selló una tregua entre España y Francia.

De hecho, al expulsar definitivamente a los franceses del Reino de Nápoles, España aseguró su influencia en el sur de Italia y reforzó su posición en la península, convirtiéndose en un actor clave en el equilibrio de poder europeo. Además, este control estratégico sobre Nápoles serviría como base para futuras operaciones militares esenciales para los intereses de España durante los siglos XVI y XVII.


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