A lo largo de su historia, el Imperio Romano fue capaz de incorporar a decenas de pueblos y culturas dentro de sus fronteras. Con una habilidad extraordinaria para absorber lo ajeno, Roma extendió su lengua, su derecho, su arquitectura y sus dioses por todo el Mediterráneo. Su religiosidad politeísta solía mostrar una gran tolerancia: los dioses de los pueblos vencidos eran, muchas veces, adoptados, reinterpretados o simplemente integrados en su panteón. En Egipto, Isis; en Asia Menor, Cibeles; en Galia, el dios Teutates. Esta estrategia, más que una muestra de apertura era una forma calculada de asegurar el control.

Sin embargo, Roma siempre tuvo dificultades con los pueblos monoteístas. La imposición de un único dios verdadero, con un código religioso rígido y excluyente, era vista como una amenaza para la cohesión del imperio. Y entre todos estos pueblos, ninguno resultó tan problemático ni tan constante en su desafío como los judíos.


El judaísmo no solo rechazaba frontalmente el culto imperial y los sacrificios a los dioses romanos, sino que además estaba profundamente enraizado en un sentido nacionalista y mesiánico. Para los judíos, Jerusalén no era solo una ciudad, era el centro del mundo; y el Templo, el lugar donde Dios mismo habitaba entre su pueblo. La ocupación extranjera no era solo una humillación política, sino una profanación espiritual.

La tensión entre Roma y el pueblo judío fue una constante durante siglos. Hubo momentos de coexistencia, pero también brotes de violencia, resentimiento y rebelión. El conflicto alcanzó su punto más violento durante la Gran Revuelta Judía, un levantamiento que estalló en el año 66 d.C. y que culminaría con uno de los episodios más trágicos de la historia antigua: el asedio de Jerusalén en el año 70 y la destrucción del Segundo Templo.

ANTECEDENTES

Tras la caída del debilitado Imperio Seléucida, la dinastía asmonea tomó el control de Judea. Fue una época de relativa autonomía para el pueblo judío. Sin embargo, las luchas internas no tardaron en estallar. En el año 67 a.C., los hermanos Hircano y Aristóbulo se enfrentaron por el trono en una guerra civil. En ese mismo momento, al norte, el general romano Pompeyo, victorioso en las guerras contra Mitrídates, avanzaba hacia el sur.

Pompeyo intervino en el conflicto, apoyando a Hircano. En el año 63 a.C., sitió y conquistó Jerusalén. La ciudad, considerada sagrada e inviolable, cayó bajo control romano. Judea se convirtió en un reino cliente del imperio, formalmente autónomo, pero subordinado al poder de Roma.

Años más tarde, en el 37 a.C., Roma consolidó aún más su dominio al colocar en el trono a Herodes el Grande, un monarca cliente de origen idumeo, odiado por muchos judíos. Herodes reformó Jerusalén, reconstruyó el Templo con una magnificencia sin precedentes, y convirtió la ciudad en una de las más impresionantes del oriente romano. Pero su cercanía a Roma y su brutalidad al reprimir cualquier disidencia sembraron un resentimiento profundo.

A la muerte de Herodes, en el 4 a.C., su reino fue dividido, y Judea quedó finalmente bajo administración directa romana. Se nombraron procuradores —gobernadores imperiales— que gobernaban en nombre del César, y cuya autoridad se imponía con el respaldo de las legiones.

Pero estos procuradores no entendían la complejidad cultural ni religiosa de la región. Recaudaban impuestos de manera abusiva, imponían su autoridad con violencia, y a menudo profanaban las costumbres judías. El odio se acumulaba. Las tensiones sociales, religiosas y políticas estallaban esporádicamente en revueltas locales, duramente reprimidas.

En este contexto florecieron los movimientos radicales. Uno de ellos fue el de los sicarios, llamados así por las dagas —sicae— que escondían en sus túnicas. Se infiltraban entre las multitudes y asesinaban a cualquier judío que considerasen colaborador de Roma. Su mensaje era claro: no habría paz hasta expulsar al invasor.

EMPIEZAN LAS HOSTILIDADES

En el año 66, finalmente, una chispa encendió la mecha. En la ciudad de Cesarea, una multitud griega profanó una sinagoga, desencadenando violentos disturbios. Roma, en vez de calmar los ánimos, agravó aún más la situación. En Jerusalén, el procurador Gessio Floro, para saldar deudas fiscales, saqueó directamente el Tesoro del Segundo Templo, llevándose 17 talentos de plata, una provocación inaudita.

Algunos jóvenes respondieron con sarcasmo, pidiendo limosna para el “empobrecido” procurador. Floro respondió con masacres. Ordenó ejecutar a miles de ciudadanos, llenando las calles de sangre. Cuando intentó enviar más tropas a sofocar los disturbios, la población entera se levantó. Los soldados romanos fueron rechazados y se refugiaron en la ciudadela. La población los rodeó y los aniquiló cuando intentaban rendirse.

La rebelión ya era imparable. En toda Judea, las guarniciones romanas eran atacadas. La secta de los sicarios tomó la fortaleza de Masada, acabando con los 700 hombres de la guarnición. En las ciudades portuarias, los enfrentamientos entre judíos y griegos se intensificaron. El caos se extendía como un incendio fuera de control.

Roma no podía permitir semejante desafío. La respuesta sería brutal. El imperio estaba a punto de descargar toda su furia sobre Jerusalén.

DESARROLLO DEL ASEDIO

Ante esta amenaza, el gobernador romano de Siria, Cestio Galo, marchó hacia el sur con treinta mil soldados para sofocar la revuelta. Su objetivo era claro: asediar Jerusalén rápidamente y aplastar la rebelión antes de que se extendiera. Sin embargo, no comprendía del todo la ferocidad del enemigo al que se enfrentaba. Al aproximarse a la ciudad, su ofensiva se volvió desorganizada y vacilante. La resistencia judía, muy superior a la esperada, no solo defendió con éxito Jerusalén, sino que, durante la retirada de las fuerzas romanas hacia la costa, les tendió una emboscada devastadora en el paso de Bet Horón.

Allí, columnas de legionarios romanos fueron hostigadas por rebeldes ligeros armados con hondas, arcos y jabalinas, que atacaban desde posiciones elevadas y boscosas. La Legio XII Fulminata fue prácticamente aniquilada, sus estandartes capturados, y lo peor de todo: perdieron el águila imperial, el símbolo sagrado de la legión. Esta humillación era algo que Roma no podía tolerar.

El desastre llegó hasta los oídos del emperador Nerón, quien, desesperado por restaurar el orden y salvar el prestigio de Roma, designó a uno de sus generales más experimentados: Tito Flavio Vespasiano, veterano de Germania y Britania. A su lado, su joven hijo Tito sería el segundo al mando. Ambos comenzaron a reunir uno de los ejércitos más grandes jamás enviados a oriente.

Entre los años 67 y 68, el ejército romano se dedicó a desmantelar la resistencia organizada. Primero tomaron Galilea, arrasando ciudades como Jotapata, donde se encontraba Josefo, el futuro historiador y testigo del asedio. Luego vinieron Tiberíades, Táricea, Gamala, y muchas otras. En cada ciudad, la política fue el terror: se ofrecía rendición, pero si era rechazada, se desataba una matanza. Los soldados saqueaban, incendiaban y ejecutaban sin compasión. El objetivo no era solo militar: era psicológico. Había que romper la voluntad de resistencia antes de llegar a Jerusalén.

En el año 68, Roma entró en crisis. El suicidio de Nerón desencadenó el llamado Año de los Cuatro Emperadores. La guerra civil paralizó momentáneamente la campaña en Judea. Vespasiano, prudente, se mantuvo al margen mientras el poder cambiaba de manos. En ese tiempo, observó con atención cómo en Jerusalén, las facciones judías caían en una lucha intestina: zelotes, sicarios y sacerdotes se enfrentaban a muerte, quemaban los almacenes de grano, y asesinaban a sus propios conciudadanos. Vespasiano no necesitaba mover un dedo. “Que se maten entre ellos”, diría.

Finalmente, en el año 69, Vespasiano fue proclamado emperador por sus tropas y el apoyo del gobernador de Egipto. Dejó el mando de la campaña a su hijo Tito, quien en la primavera del año 70 d.C. se preparó para el golpe final: la conquista de Jerusalén.

Tito partió de Cesarea Marítima con un ejército aún más imponente que el de su padre. Cuatro legiones formaban el núcleo de su fuerza: la XV Apollinaris, la V Macedonica, la X Fretensis y la XII Fulminata, reforzadas con tropas auxiliares, caballería, arqueros orientales y contingentes aliados de los reinos clientes de Roma. En total, unos 70.000 hombres, bien equipados, disciplinados y curtidos en combate.

Jerusalén, por su parte, se encontraba en un estado alarmante. La ciudad, con tres líneas de muralla, estaba abarrotada. Refugiados de toda Judea habían acudido buscando protección. Las calles estaban atestadas de gente, pero los almacenes de comida estaban vacíos. Los combates entre facciones habían provocado la quema de provisiones esenciales. Y aun así, la ciudad resistía con fanatismo.

Tito avanzó con precaución. En una patrulla de reconocimiento cerca de la torre de Psefina, casi fue capturado por una carga repentina de guerrilleros judíos. Decidió entonces establecer una red de campamentos: dos al oeste de la ciudad, para las legiones XII, XV y V; y uno al este, sobre el Monte de los Olivos, para la legión X Fretensis. Esta última posición fue atacada durante su construcción: los judíos salieron de la ciudad y sorprendieron a los legionarios. Solo la llegada de Tito con su caballería pudo detener el asalto.

El comandante romano comprendió que los rebeldes no se rendirían fácilmente. Ordenó entonces allanar el terreno entre los campamentos y las murallas, eliminando colinas, ruinas y árboles, y creando una superficie lisa para desplazar torres de asedio, escorpiones, catapultas y arietes. Su primer objetivo fue la Tercera Muralla, la más externa y reciente.

Durante dos semanas, los romanos trabajaron bajo fuego enemigo, construyendo rampas de asalto y protegiéndose con testudos y muros móviles. El 15º día del sitio, los arietes lograron abrir una brecha en la Tercera Muralla. Los judíos se replegaron a la Segunda. Los legionarios tomaron la llamada “Ciudad Nueva” y la arrasaron. Cuatro días después, otra brecha fue abierta en el segundo muro, pero una emboscada en las callejuelas provocó grandes bajas entre los romanos, que tuvieron que replegarse.

Tito se reorganizó. Decidió dividir sus fuerzas en dos grupos principales. El primero asediaría directamente la fortaleza Antonia, punto clave para acceder al Monte del Templo. El segundo atacaría el Primer Muro, el más antiguo y mejor defendido. Se construyeron cuatro rampas más, pero los defensores respondieron con una táctica inesperada: túneles excavados bajo los cimientos de las rampas romanas, que fueron prendidos fuego. Las estructuras se derrumbaron, tragándose torres y maquinaria romana entre llamas y escombros. La moral del ejército cayó en picado.

Entonces, Tito recurrió a una estrategia clásica pero efectiva: ordenó la construcción de un muro de circunvalación de 8 kilómetros alrededor de la ciudad. En solo tres días, los romanos completaron esta muralla con 13 torres fortificadas. A partir de ese momento, nadie podía entrar ni salir de Jerusalén. El hambre se convirtió en un arma.

Dentro de la ciudad, la situación se volvió infernal. Sin comida, los habitantes recurrían a la carroña, a las raíces, e incluso al canibalismo. Historias de madres que devoraban a sus propios hijos circularon entre los romanos como símbolo del castigo divino. Mientras tanto, Tito concentró sus fuerzas contra la fortaleza Antonia, que finalmente fue minada y conquistada.

Pero los judíos habían construido una muralla secundaria, y aún quedaba un obstáculo más: el Templo. El 17 de julio, los romanos intentaron apoderarse del patio del Templo, pero fueron rechazados. Los combates eran caóticos. Muchos judíos luchaban con armas y armaduras romanas capturadas, lo que causaba confusión e incidentes de fuego amigo.

Finalmente, el 10 de agosto, una chispa accidental o un acto intencionado desató la tragedia. Un incendio comenzó en los apartamentos cercanos al patio exterior del Templo. En poco tiempo, las llamas alcanzaron el santuario. El Segundo Templo de Jerusalén, símbolo de la fe y la identidad judía, fue envuelto por las llamas. Ardió durante horas mientras miles morían en sus alrededores. Ni las súplicas de Tito, que deseaba conservarlo, ni los intentos por controlar a sus hombres, fueron suficientes.

La resistencia se desmoronó. Los legionarios entraron en el Monte del Templo desatando una matanza. Se decía que la sangre corría como un río entre los escalones. Aquello ya no era una batalla, era una carnicería. La ciudad, que había resistido durante meses con una obstinación legendaria, finalmente se quebró. Los soldados, embriagados de victoria, proclamaron a Tito imperator, vencedor absoluto.

CONSECUENCIAS

Tras la toma del Monte del Templo, los romanos continuaron su ofensiva en la ciudad baja. En solo dos días, la destruyeron por completo: casas, archivos, palacios. El 7 de septiembre, cayó el Palacio de Herodes. Con ello, Jerusalén había sido completamente tomada.

La cifra de muertos es aún hoy motivo de debate, pero se estima que cientos de miles de personas —civiles, peregrinos, soldados— fueron masacradas. El Segundo Templo quedó reducido a cenizas, y la ciudad, arrasada. Lo único que hoy queda en pie de aquel complejo sagrado es el Muro de las Lamentaciones.

Tito regresó triunfante a Roma. Su padre, ya emperador, le otorgó un Triunfo espectacular. El Arco de Tito, aún visible en el Foro Romano, representa este evento con vívidas escenas del saqueo del Templo. Aunque todavía quedaban focos de resistencia, como Masada, la rebelión judía había sido esencialmente sofocada.

La guerra no solo supuso un desastre demográfico y cultural para el pueblo judío, sino también el inicio de una nueva era. Roma demostraría que la desobediencia se pagaba con fuego y sangre. Sin embargo, el trauma de esta destrucción quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva del pueblo judío



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