El Asedio de Constantinopla, que tuvo lugar entre 717 y 718, es considerado uno de los eventos militares más importantes de la Edad Media, tanto por sus dimensiones, como por sus implicaciones geopolíticas y religiosas. Este asedio marcó la segunda gran tentativa del Califato Omeya de conquistar la capital del Imperio Bizantino, tras el primer intento fallido entre 674 y 678. Constantinopla era el corazón del Imperio Romano de Oriente, y su caída habría significado la apertura de Europa a una expansión islámica más profunda.

El Imperio Bizantino, a pesar de haber pasado por un período de inestabilidad política y militar, se mantenía como una potencia fundamental en el Mediterráneo oriental. Constantinopla, con su posición estratégica entre Europa y Asia, controlaba las rutas comerciales más importantes del mundo y representaba un símbolo de poder tanto para la cristiandad como para el islam. Los omeyas, bajo el califa Sulayman ibn Abd al-Malik, vieron en la toma de la ciudad una oportunidad para expandir su influencia política y de legitimar su poder a través de la conquista de uno de los mayores baluartes del cristianismo.

A lo largo de los siglos, los árabes y los bizantinos habían mantenido un intercambio constante de conflictos y alianzas. Sin embargo, la creciente expansión islámica y las tensiones religiosas hicieron que la lucha por el control de Constantinopla se convirtiera en un objetivo primordial.

En el Califato Omeya, tras la muerte del califa al-Walid, Sulayman necesitaba una victoria decisiva para consolidar su reinado y dejar su huella en la historia. Constantinopla, con sus imponentes murallas teodosianas y su reputación de ciudad inexpugnable, representaba el premio más codiciado para la expansión del islam.

La defensa de Constantinopla también tuvo una dimensión espiritual para los bizantinos. Se creía que la ciudad estaba bajo la protección divina de la Virgen María, un símbolo que inspiraba a los defensores a resistir contra cualquier adversidad. En este contexto, la batalla no era simplemente un enfrentamiento entre dos potencias militares, sino un choque de civilizaciones con profundas implicaciones religiosas.

El asedio implicó una monumental movilización militar de ambos lados y un intrincado juego táctico, diplomático y de resistencia.

El Imperio Bizantino, con su defensa naval superior, la inteligencia diplomática del emperador León III, tenía la sagrada misión de defender Constantinopla a toda costa, incluyendo el uso de armas secretas como el fuego griego.

El Fuego Griego

El secreto del fuego griego fue cuidadosamente guardado por los bizantinos durante siglos, tanto que hoy en día se desconoce su composición exacta. Algunos de los ingredientes propuestos incluyen petróleo crudo o nafta, cal viva, azufre y resinas inflamables, entre otros. Lo que se sabe con certeza es que esta sustancia era altamente inflamable y, una vez encendida, era extremadamente difícil de apagar.

A pesar de las investigaciones modernas, la receta exacta sigue siendo motivo de especulación. La fórmula fue considerada un secreto de Estado, y los bizantinos tomaron medidas extremas para garantizar que no cayera en manos enemigas. Solo un reducido número de especialistas, llamados siphonarios, conocían los detalles precisos sobre cómo fabricar y utilizar el fuego griego.

Métodos de uso

El fuego griego se desplegaba principalmente en batallas navales, aunque también se utilizaba en defensas de fortalezas. Los bizantinos desarrollaron varias formas de aplicarlo en combate:

  • Siphones: Los bizantinos utilizaban tubos o sifones que lanzaban el fuego griego en forma de un chorro líquido hacia los barcos enemigos. Estos sifones, que funcionaban como lanzallamas rudimentarios, se montaban en las proas de los barcos o en las murallas de las fortificaciones.
  • Cheirosiphones: Eran sifones portátiles, utilizados por los soldados en tierra para lanzar el fuego griego directamente contra las máquinas de asedio o sobre los defensores en los muros. Estos lanzadores manuales se usaban especialmente en situaciones de asedio.
  • Granadas incendiarias: El fuego griego también se almacenaba en frascos de cerámica o recipientes que eran lanzados con catapultas o a mano contra las fuerzas enemigas. Estas granadas rudimentarias explotaban al impactar, esparciendo la sustancia ardiente por todas partes.
  • Táctica naval: Durante las batallas navales, los bizantinos montaban estos sifones en sus dromones (barcos de guerra) y los utilizaban para lanzar el fuego griego directamente sobre las embarcaciones enemigas. Dado que la sustancia seguía ardiendo en contacto con el agua, resultaba casi imposible de extinguir, lo que provocaba incendios devastadores en los barcos atacados, que muchas veces se quemaban hasta hundirse.


El uso del fuego griego generaba un inmenso pánico entre los enemigos. No solo era devastador físicamente, sino que también tenía un impacto psicológico debido a la creencia de que una llama que no podía extinguirse con agua debía ser de origen mágico o sobrenatural.

En el año 715 el califa Sulayman ibn Abd al-Malik, ascendió al trono y buscaba emular las conquistas de sus predecesores, en particular de su hermano al-Walid, y continuar con la expansión del islam hacia el oeste. Sulayman, al heredar un imperio en pleno apogeo, deseaba dejar su huella en la historia, y no había objetivo más ambicioso que la conquista de Constantinopla. Tomar la ciudad significaría un golpe devastador al Imperio Bizantino y abriría la puerta a una invasión más profunda en Europa, consolidando el poder omeya y el islam como una fuerza dominante en el Mediterráneo oriental y occidental.

El momento parecía propicio para una campaña militar de gran envergadura. En los años previos al asedio, el Imperio Bizantino había estado sumido en una serie de guerras civiles y golpes de Estado, lo que resultó en la rápida sucesión de varios emperadores en un corto período de tiempo. Esta inestabilidad interna debilitó al imperio en un momento crítico, ya que, además de los conflictos internos, los bizantinos también estaban luchando por mantener el control de sus territorios en Asia Menor frente a las constantes incursiones árabes.

En este contexto, Sulayman decidió lanzar una de las expediciones más grandes de la historia del califato, confiando en que los problemas internos de los bizantinos facilitarían la conquista de Constantinopla. El plan omeya era ambicioso: reunir un ejército de 80.000 soldados bajo el mando de su hermano, Maslama ibn Abd al-Malik, y apoyarlo con una poderosa flota de 1.800 naves para bloquear la ciudad tanto por tierra como por mar. Esta combinación de fuerzas terrestres y navales tenía el objetivo de cortar completamente el suministro a Constantinopla y someterla a un largo y asfixiante asedio.

Además, los omeyas contaban con la colaboración de facciones rebeldes dentro del Imperio Bizantino. En particular, Maslama esperaba recibir el apoyo de León el Isaurio, un strategos bizantino que había mostrado descontento con el entonces emperador Teodosio III. Maslama buscaba aprovechar las divisiones internas del imperio apoyando a León en su ascenso al trono, lo que, en teoría, podría haber facilitado la rendición de Constantinopla sin necesidad de un costoso asedio. Sin embargo, este plan diplomático no salió como los omeyas esperaban, ya que León finalmente traicionó a los árabes y se proclamó emperador como León III, reforzando las defensas de la ciudad.

El escenario estaba listo para un enfrentamiento monumental. Mientras los omeyas se preparaban para lo que creían que sería una rápida victoria, los bizantinos, bajo el liderazgo de su nuevo emperador León III, fortificaban sus defensas, asegurándose de que la ciudad estuviera bien aprovisionada y confiando en que sus murallas, su superioridad naval y el apoyo de aliados, como los búlgaros, les permitirían resistir lo que se avecinaba. Constantinopla estaba a punto de enfrentarse a una de las mayores pruebas de su historia, y su resistencia tendría repercusiones que cambiarían el curso del mundo mediterráneo y europeo.

Desarrollo del asedio

El asedio de Constantinopla, iniciado en julio de 717, fue una campaña militar minuciosamente planeada por el Califato Omeya. Su ejército, compuesto por 80.000 soldados, estaba bajo el mando de Maslama ibn Abd al-Malik, hermano del califa Sulayman. Además, una poderosa flota de 1.800 naves acompañaba a las fuerzas terrestres con el objetivo de bloquear la ciudad desde el mar. Esta fuerza naval tenía la misión de cortar los suministros tanto del Mar Negro como del Mar de Mármara, asegurando que la ciudad quedara completamente aislada. El enfoque estratégico era claro: Constantinopla, rodeada por sus legendarias murallas y protegida por sus defensas naturales, no podía ser tomada por asalto directo; solo el hambre y el agotamiento podrían forzar su rendición.

El asedio terrestre comenzó con un intento directo de romper las murallas exteriores. Maslama ordenó un ataque inicial contra la imponente muralla teodosiana, pero fue rápidamente repelido por las máquinas de guerra bizantinas, que defendieron la ciudad con gran eficacia. Dada la imposibilidad de tomar la ciudad por la fuerza, Maslama decidió rodear Constantinopla y establecer un bloqueo prolongado. Se cavó una profunda trinchera frente a la muralla exterior para fortificar las posiciones del ejército árabe y evitar salidas inesperadas de los defensores.

A nivel marítimo, la estrategia de los árabes se centraba en dividir su flota para controlar ambos accesos clave a la ciudad: parte de la flota se estacionó en Eutropio y Anthemio (en la costa asiática), mientras que el resto cruzó el Bósforo para bloquear el acceso desde el Mar Negro. Constantinopla, que dependía en gran medida de sus comunicaciones marítimas para el abastecimiento, parecía condenada a caer bajo el peso de un bloqueo naval exitoso. Sin embargo, los bizantinos contaban con un arma decisiva que ya había demostrado su eficacia décadas atrás: el fuego griego.

El 1 de septiembre de 717, un cambio en los vientos permitió que parte de la flota árabe se acercara demasiado a las murallas y las defensas bizantinas aprovecharon la oportunidad. La flota bizantina, bajo el mando de León III, salió del Cuerno de Oro y atacó a los barcos árabes que navegaban cerca. Utilizando el fuego griego, los bizantinos destruyeron alrededor de 20 barcos árabes y capturaron muchos más. Este golpe devastador afectó la moral de las fuerzas árabes y garantizó también que los bizantinos pudieran seguir abasteciendo la ciudad desde el mar.

El crudo invierno de 717-718 fue uno de los momentos decisivos del asedio. Las fuerzas árabes, acostumbradas a las cálidas tierras de Siria y Egipto, no estaban preparadas para las extremas condiciones climáticas del invierno en Bizancio. La nieve cubrió el área durante 100 días, y muchos soldados murieron de hambre y frío, ya que las provisiones se agotaron rápidamente. Maslama, previendo un largo asedio, había traído grandes reservas de alimentos, pero las condiciones del sitio empeoraron cuando los bizantinos, mediante engaños, consiguieron saquear los cultivos y suministros del ejército árabe. En un esfuerzo por evitar el colapso, los árabes intentaron mantenerse con lo poco que habían sembrado y los alimentos obtenidos por saqueo, pero las duras condiciones invernales hicieron que estas provisiones no fueran suficientes.

Para empeorar la situación, en octubre de 717, el califa Sulayman, principal arquitecto de la campaña, murió repentinamente. Su sucesor, Umar II, un gobernante más moderado y menos inclinado a las grandes campañas militares, heredó un asedio que ya estaba comenzando a desmoronarse. Sin embargo, Umar permitió que Maslama continuara con el sitio, esperando que la llegada de refuerzos en primavera pudiera dar un giro favorable a la situación.

Y ciertamente, la llegada de la primavera trajo nuevas flotas árabes enviadas para reabastecer a las fuerzas sitiadoras: una de 400 naves al mando de Sofiam y otra de 300 barcos bajo Yezid. Los planes de los árabes consistían en reforzar el bloqueo marítimo y asegurar un flujo constante de suministros para el ejército que seguía frente a Constantinopla.

Sin embargo, esta operación naval se enfrentó a un desastre inesperado: muchos de los marineros de las flotas árabes eran cristianos coptos de Egipto, que desertaron en masa al llegar a Constantinopla. Estos desertores se unieron a las filas bizantinas y proporcionaron información crucial sobre la debilidad y la disposición de las fuerzas navales árabes.

Con esta valiosa información en manos de León III, los bizantinos lanzaron un ataque devastador contra la flota árabe, utilizando nuevamente el fuego griego. La flota árabe, ya debilitada por las deserciones y sorprendida por el ataque bizantino, fue prácticamente aniquilada. Este golpe naval fue el último clavo en el ataúd para las esperanzas árabes de capturar Constantinopla.

En tierra, las cosas no fueron mejor para los sitiadores. Mientras la flota árabe se desmoronaba, el ejército terrestre también se enfrentaba a nuevas amenazas. Tervel, el kan de los búlgaros, aliado de los bizantinos, lanzó un ataque sorpresa sobre las fuerzas árabes en el sur de Adrianópolis, donde las tropas de Maslama, desmoralizadas y hambrientas, fueron derrotadas. Se estima que 22.000 soldados árabes murieron en esta emboscada, lo que debilitó aún más la capacidad de los omeyas para mantener el sitio.

Con el ejército y la flota en ruinas, y sin posibilidades de recibir refuerzos o suministros, Maslama no tuvo más remedio que retirar las tropas y levantar el asedio. El 15 de agosto de 718, un año después de su inicio, el asedio de Constantinopla llegó a su fin. Maslama ordenó a las fuerzas árabes retirarse a la costa asiática, pero en su viaje de regreso, una tempestad destruyó gran parte de la flota en el Helesponto, lo que resultó en la pérdida de casi todas las naves. De las 2.560 embarcaciones que componían la flota inicial, solo cinco lograron regresar.

Consecuencias del asedio

El fracaso del asedio de Constantinopla fue un punto de inflexión crucial en la historia de la expansión islámica. No solo marcó el fin de las grandes campañas omeyas hacia el oeste, sino que también debilitó significativamente al califato, que empezaría a sufrir de sobreexpansión y divisiones internas. Esta derrota, combinada con la muerte de Sulayman y los fracasos militares en otros frentes, contribuyó a la decadencia de la dinastía Omeya, que sería derrocada unas décadas después.

Para el Imperio Bizantino, la victoria en este asedio fue decisiva para la preservación de su capital y, por ende, de su imperio. El éxito de León III reforzó su posición como emperador y le permitió implementar reformas que fortalecerían aún más al Imperio Bizantino en los años venideros.


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